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BRISA GIULLI
PARÍS, FEBRERO DE 1967

«Clic», dispara la Kodak y el lente capta la imagen de una mujer de treinta y cuatro años que lleva minifalda a cuadros y botas altas de cuero blanco. El cabello rubio le llega a la cintura como dicta la moda, y en su regazo tiene un sobre que le quema las manos y el corazón. La delatan la expresión de su rostro y el temblor de sus dedos al abrirlo. Un segundo y sus ojos marrones quedan prendados en las letras de la carta.
Esa soy yo, hoy, ahora, y esa es mi cámara; pero no hay foto, sólo la imagino, como siempre, como casi siempre me gusta hacer con mi propia imagen cuando algo importante sucede en mi vida.
Quizá sea porque las fotografías siempre me han atraído. O, quizá, porque los retratos jamás han dejado de ser importantes para mí. Mi máquina me permite plasmar en imágenes el mundo de sentimientos que mis ojos descubren. Al revelar la película, puedo mostrarlo, compartirlo, que otros vean el universo —mi pequeño mundo— a través de mi cámara. Y eso, me da un inconmensurable placer.
La vida siempre se me ha antojado como un enorme álbum de fotos, un libraco con muchas hojas en blanco que, a medida que pasan los años, cubrimos con imágenes memorables, las instantáneas que conforman nuestra existencia. Páginas y páginas vacías que, desde nuestro nacimiento, esperan quedar atiborradas de imágenes. Pero lo más tremendo de esta idea que tengo desde muy niña, lo más grandioso de esta conjetura, es que pienso que sumadas a las fotos propias que pegamos en nuestro álbum de vida, también se van sumando otras que son colocadas por las manos de personas ajenas, hombres y mujeres que comienzan a aparecer y a cobrar importancia en el álbum de nuestra existencia. Y esas fotografías armarán, junto con las propias, nuestro álbum de vida. 
Y hoy, que mis manos sostienen el sobre que contiene la invitación para participar en el Salón de Mai que se realizará por primera vez en Cuba, siento que una fotografía extraña acaba de colarse en las páginas de mi álbum, porque alguien que yo casi no conozco ha planeado realizar el Salón de Mai en la isla y ha decidido que yo debo estar allí.
Cuba… Joel Fernández. Ese país y ese nombre siempre vendrán unidos para mi; pienso en ambos y el corazón me late fuerte.

BRISA GIULLI PARÍS, FEBRERO DE 1967 «Clic», dispara la Kodak y el lente capta la imagen de una mujer de treinta y cuatro años que lleva minifalda a cuadros y botas altas de cuero blanco. El cabello rubio le llega a la cintura como dicta la moda, y en su regazo tiene un sobre que le quema las manos y el corazón. La delatan la expresión de su rostro y el temblor de sus dedos al abrirlo. Un segundo y sus ojos marrones quedan prendados en las letras de la carta. Esa soy yo, hoy, ahora, y esa es mi cámara; pero no hay foto, sólo la imagino, como siempre, como casi siempre me gusta hacer con mi propia imagen cuando algo importante sucede en mi vida. Quizá sea porque las fotografías siempre me han atraído. O, quizá, porque los retratos jamás han dejado de ser importantes para mí. Mi máquina me permite plasmar en imágenes el mundo de sentimientos que mis ojos descubren. Al revelar la película, puedo mostrarlo, compartirlo, que otros vean el universo —mi pequeño mundo— a través de mi cámara. Y eso, me da un inconmensurable placer. La vida siempre se me ha antojado como un enorme álbum de fotos, un libraco con muchas hojas en blanco que, a medida que pasan los años, cubrimos con imágenes memorables, las instantáneas que conforman nuestra existencia. Páginas y páginas vacías que, desde nuestro nacimiento, esperan quedar atiborradas de imágenes. Pero lo más tremendo de esta idea que tengo desde muy niña, lo más grandioso de esta conjetura, es que pienso que sumadas a las fotos propias que pegamos en nuestro álbum de vida, también se van sumando otras que son colocadas por las manos de personas ajenas, hombres y mujeres que comienzan a aparecer y a cobrar importancia en el álbum de nuestra existencia. Y esas fotografías armarán, junto con las propias, nuestro álbum de vida. Y hoy, que mis manos sostienen el sobre que contiene la invitación para participar en el Salón de Mai que se realizará por primera vez en Cuba, siento que una fotografía extraña acaba de colarse en las páginas de mi álbum, porque alguien que yo casi no conozco ha planeado realizar el Salón de Mai en la isla y ha decidido que yo debo estar allí. Cuba… Joel Fernández. Ese país y ese nombre siempre vendrán unidos para mi; pienso en ambos y el corazón me late fuerte.

Título: Los colores de la felicidad

Autor: Viviana Rivero

Fecha de publicación: 2015

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